A fines del siglo XIX, en plena expansión económica y con un país que crecía a un ritmo acelerado, el Banco Hipotecario Nacional ocupó un rol fundamental dentro del proyecto de modernización argentina. Creado en 1886, su misión era impulsar el desarrollo urbano y facilitar el acceso al crédito a través de préstamos respaldados por hipotecas, un sistema innovador para la época.
Pero el camino del Hipotecario no estuvo ajeno a las turbulencias. La gran crisis de 1890 —la crisis del Baring— sacudió las bases financieras del país y provocó falta de crédito, de moneda circulante y una fuerte desconfianza en el sistema bancario. Ante esta situación crítica, el gobierno autorizó al Banco Hipotecario a emitir papel moneda, una decisión excepcional que lo convirtió, de forma transitoria, en parte activa del sostén financiero de la Nación.
Las emisiones de 1891 son el resultado directo de ese contexto: billetes creados para dar liquidez en medio de un colapso económico, que hoy sobreviven como testigos de una etapa convulsionada pero decisiva de la historia argentina. Más allá de su diseño, representan la necesidad de un país de apoyarse en todas sus instituciones para atravesar la inestabilidad.
Los billetes del Hipotecario de 1891 son, para los coleccionistas, piezas cargadas de historia. No solo remiten al pasado de una institución clave, sino que cuentan cómo Argentina recurrió a mecanismos extraordinarios para sostener su economía en un momento límite.
En definitiva, la historia del Banco Hipotecario Nacional y su papel en 1891 es también la historia de un país que, aun en crisis, buscaba seguir adelante y financiar su propio desarrollo.
